Cómo emocionar con el storytelling - De Musas Y Críticos
Gloria Llatser. Escritora y mentora. Mejora tu comunicación
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Cómo emocionar con el storytelling

Cómo emocionar con el storytelling

Un recurso sobre cómo emocionar con el storytelling es hacerlo a través del relato. El relato nos permite crear una atmósfera y predisponer al usuario, cliente o lector a que se sienta de una manera determinada. Si conseguimos apelar al lado emocional que quien nos lee, garantizamos que el mensaje se reciba de forma óptima.

Turbulencias

El rugido de los motores la pone en alerta. El avión convulsiona como si tuviera fiebre. Vira a la izquierda y se arquea de costado. Unos minutos después recobra la posición. Sin aviso alguno, cae en el vacío durante unas milésimas de segundo que se hacen eternas.


—Mamá, tengo miedo.
Marina levanta el reposabrazos y aprieta a su hijo contra el pecho.
—Cariño, no pasa nada. Son turbulencias.
—¿Las turbulencias son malas?
—No, cielo, no son malas. Son como las olas del mar, a veces son pequeñas y no se notan y otras son más altas.
—Pero, si las olas son grandes no nos dejas entrar en el agua. ¿Las olas del cielo son muy grandes hoy?
—No, cariño, no tanto. Además, el cielo tiene una ventaja y es que podemos volar por encima de las olas. Pronto subiremos tan alto, que no las notaremos.

El pequeño se acurruca junto a su madre como un polluelo con frío. Marina le acaricia el cabello y lo besa. Se gira hacia la ventana donde el mayor ha empotrado la cara para no perderse detalle. Lo toma de la mano.
—Me encantan las nubes, mamá —dice con los ojos brillantes que revelan una incipiente curiosidad y se asoma de nuevo al pequeño ventanuco.
Marina busca un hueco para contemplar la combinación de azules y blancos. Volar la relaja. Le agrada sentirse tan cerca del cielo. Llena sus pulmones de aire, como queriendo aspirar las nubes, y lo deja salir en un profundo suspiro.

«Un suspiro es el aire que nos sobra cuando alguien nos falta, piensa. Desde que te fuiste, solo los veo sonreír cuando viajamos. Quizá sea porque así están las veinticuatro horas conmigo o porque salir del entorno que les recuerda a ti les hace bien. Lo cierto es que yo tampoco soy capaz de estar demasiado tiempo en casa… Quizá por eso me ha dado por viajar… Mamá no quería que hiciera el viaje sola con los niños. Ya sabes cómo es. Al menos coge un viaje organizado, me dijo. Pero en los viajes organizados no te llevan a ver tiendas de Manga ni de Pokémon ni a exposiciones de anime. Encima estás rodeada de gente que no conoces y que hace preguntas incómodas sobre tu vida. No, no quería eso para los niños».

—Mamá, ¿puedo jugar ya con la consola? —pregunta Alberto dando saltos en su asiento.
—No, cielo, hasta que no se apague la lucecita del cinturón no se puede.
—Es que me aburro…
—Bueno, pues vamos a hablar. A ver, decidme qué sitios os han gustado más.
—A mí la tienda de One Piece. No, no, el Museo Ghibli —se apresura Alberto a comentar.
—A mí los Pokemon y también las figuras que me he comprado.
—¡Eso no vale, Marcos! —reprocha el hermano.
—¿Por qué no?
—Porque eso no es un sitio. Tienes que decir un sitio —lo regaña el mayor.
—¡Da igual! Vale cualquier cosa. Podéis decir lo que sea que os ha gustado más —interviene la madre.


—Pues entonces, me gustó cuando el águila se comió el bocadillo de Marcos.
—¡Eso no! —protesta el pequeño con un mohín de ponerse a llorar.
—Alberto, ya está bien. ¡Deja de hacer enfadar a tu hermano!
—Es que fue la risa, mami.
—Pero a él no le hizo ninguna gracia y a mí tampoco, que lo sepas —dice acariciando el pelo de su hijo pequeño—. Afortunadamente no pasó nada. Tu ángel de la guarda te cuida y te protege —le susurra envolviendo su cabecita en un profundo beso.

Suena un pitido. Marina levanta la mirada. El indicador de cinturón abrochado se ha apagado. Saca las consolas de la mochila y se las da a sus hijos. Reclina el asiento y cierra los ojos.
—Disculpe.
Se incorpora sin saber si se ha quedado dormida mucho rato. Coge la bandeja que le ofrece la azafata y se la pasa a Alberto que deja la consola de inmediato y se afana en descubrir el contenido. Luego toma la suya y la de Marcos.

—Mira qué comida tan rica nos han traído —dice mientras le quita la consola de las manos a su pequeño.
Marina desempaqueta los cubiertos observando el contenido de las cajitas y valorando qué le puede dar a Marcos.
Alberto tira de su brazo y la interrumpe insistentemente. Ella se gira con velado fastidio y contempla los gestos de su hijo que resopla e indica con el dedo algo en la boca.
—¿Qué ocurre cielo?
—Me pica.
—¿Cómo que te pica?
Alberto se abanica la boca con las manos y sopla señalando con una agitación nerviosa un bollo de pan. Marina lo coge con las dos manos. Lo mira, como si contemplara un objeto extraterrestre, y le da un mordisco.
—¡Lleva nueces! —grita y se levanta del asiento de un salto.

Abre el compartimento superior. Baja su bolso de viaje. Busca en el interior. Lo revuelve por completo. Vacía el contenido sobre el asiento y rebusca entre los objetos con desvelo. Apoya un pie en el reposabrazos y se asoma al compartimento superior moviendo el equipaje de mano de un lado al otro palpando cada milímetro. Su búsqueda infructuosa la obliga a mirar en el suelo y debajo de los asientos. Intenta domar la respiración se le empieza a desbocar y contempla a su hijo que parece asfixiarse por momentos.


—No puede ser —repite una y otra vez—. Tiene que estar aquí. Nunca saco la medicación de la alergia del bolso.
Agita nerviosa el bolso, como si fuera el pañuelo de un mago y después de la sacudida fuera a aparecer el objeto esperado. Busca por los rincones otra vez. Lo recorre palmo a palmo por si hubiera un agujero y la caja de antihistamínico se hubiera colado entre el forro.

Desesperada mira a Alberto. Tiene la cara, las orejas y los ojos inyectados de un rojo ardiente. Los párpados han empezado a hincharse. Respira con la boca muy abierta y con la mano se estira la piel del cuello para dejar pasar más aire.
Marina acciona el botón de aviso. Mira por el pasillo. No hay ninguna azafata. Lo pulsa de nuevo y luego el que está encima de Marcos. Se levanta decidida cuando ve aparecer una azafata tras la cortinilla gris.
La chica se acerca lentamente apoyándose en los respaldos de los asientos como si lo estuviera contando. Marina se impacienta y le hace señales con la mano.

Con los nervios, su inglés no es tan fluido como la ocasión requiere. Así que se sirve del lenguaje corporal para acompañar su petición y aumenta el tono de voz hasta convertirla en un grito que resuena por todo el avión.
La azafata intenta calmarla.
—Yo no necesito calmarme —grita de nuevo.


Lo único que necesita es saber si en el botiquín de a bordo hay algún antihistamínico. Le repite el mensaje a la azafata, gesticulando como si fuera ella la que está indicando dónde se encuentran las salidas de emergencia. La azafata la toma del brazo, preocupada únicamente de tranquilizarla.
—Keep calm —repite sin prestar atención a nada más.
Marina se impacienta. La parsimonia de la azafata la irrita y la enfurece no encontrar las palabras para expresarse en inglés. La conversación se vuelve agresiva.

Aparecen otras dos azafatas, por fortuna un de ellas habla español.
—Escuche, mi hijo es alérgico a las nueces y se acaba de comer un pan de nueces. —Marina habla marcando el ritmo de las palabras como si fuera un director de orquesta dando los últimos compases—. Se le está inflamando la glotis y puede ahogarse. ¿Lo entiende? Necesito que me den un antihistamínico ¡ahora! —grita a la desesperada.
—Cálmese, señora —insiste la azafata—. Para administrar cualquier medicamento del botiquín necesitamos un médico.
—¿Un médico? ¡Él toma normalmente antihistamínicos! No tienen ningún efecto secundario, por favor, necesito que se lo den.
—Señora, pero si lo toma normalmente, ¿por qué no lo lleva en su equipaje de mano?

La respuesta de la azafata la desarma y la despoja de toda capacidad de réplica. Tiene razón. Ahora lo recuerda. Cuando recogían en el hotel se sentía tan contenta y tan satisfecha de sí misma, que en lo único que pensaba era en su triunfo. Cada pequeña anécdota vivida era una medalla. Haber sido capaz de moverse en el metro sin entender siquiera las señales, encontrar las tiendas de manga que sus hijos querían visitar, recorrer el país en el tren bala para llevarlos a los rincones más bonitos de un Japón que para ellos era el país de sus sueños.


«Sentí que lo había logrado, que yo también podía ser su héroe, aunque no les hubiera enseñado a ir en bici, ni arreglara sus juguetes, ni los tirara de bomba a la piscina, ni los llevara a caballito. Creí que podríamos seguir adelante los tres, y estaba orgullosa de mí. Y pensé en llevar el menor peso posible en el equipaje de mano, porque estaba agotada. Lo había conseguido, pero con demasiado esfuerzo. Y guardé el neceser del botiquín en la maleta… para no ir cargada».
Marina se desploma en el asiento. Se cubre la cara con las dos manos y en sus ojos estallan gruesas y pesadas lágrimas.


—Señora, voy a hablar con el comandante. No se preocupe. ¿Quiere agua? ¿Necesita algo?
Le resulta imposible responder, sumida en un insondable dolor recluido durante demasiado tiempo.
—Mami, no llores —una vocecita le hablaba al oído. Lo mira sin apenas verlo a través de unos lagrimones que le ofuscan la percepción del mundo y que ya lo hacían antes de materializarse.
—Mami, en mi mochila tengo medicinas para Alberto… y para ti.
Deslumbrada por un haz de luz que entra por la ventana, observa su hijo pequeño que le hace señales con su bracito para que baje la mochila. Se pone en pie y se la acerca. El pequeño la abre entusiasmado. Saca un calcetín negro demasiado grande para un pie como el suyo y le tiende dos blisteres.
—Toma, ésta es la de Alberto…, y ésta es la que tú tomas los días que te pones a llorar.

Las lágrimas de sus ojos se vuelven transparentes, ligeras como gotas de rocío en un nuevo amanecer. Contempla la cara de satisfacción del pequeño e imprime un tierno beso en su frente que la libera de una enorme carga.
—Yo también puedo cuidar de vosotros, mami.

© Gloria Llatser

Si te has emocionado al leer, te invito a que sigas emocionándote leyendo mi novela: Diego Lobeira. Historia de un bastardo. Muchos lectores han compartido su testimonio aquí. Si te gusta leer, esta novela no te decepcionará. 

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