Rock & Roll - De Musas Y Críticos
Las adicciones no nos dejan ser libres. Ser adicto al trabajo nos impide ser libres.
Ser libre
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Rock & Roll

Rock & Roll

Estaba cansada, muy cansada. Once horas diarias en la oficina y apenas era capaz de dormir más de cinco. El trabajo, los objetivos de ventas, los expedientes de embargo no me dejaban ser libre. A través de mis neuronas se apoderaban de mi cuerpo solidificando en la boca del estómago.

El murmullo enfático de voces roncas y risas estentóreas me zarandeaba para arrancarme del sueño. Aquellos sonidos, tan distintos del tráfico matutino que solía servirme de despertador, me confundían. Todavía con los ojos cerrados, intenté ubicarme. Activé el olfato, el oído y el tacto sin lograr la fuerza necesaria para hacer lo mismo con la vista. Una brisa que olía a gasolina invadía mis fosas nasales. Me llegaban aromas de barbacoa mezclados con combustible quemado. El aire era fresco y a la vez cargado. Olía también a café, a hierba y a cerveza. Decibelios de música cubrían el rugir de motores y ruedas chirriando sobre las piedras. Los sonidos me llegaban con tal intensidad que no parecía que hubiera paredes que los retuvieran. Mi espalda reposaba sobre una superficie dura, me pregunté si estaba durmiendo en el suelo. Una claridad luminiscente se colaba bajo mis párpados. Aquellos estímulos, inéditos en mi memoria sensorial, me hicieron experimentar un plácido bienestar. Estaba tan a gusto que no quería levantarme. Me hubiera quedado así una eternidad, para siempre… quizás.

La mente me traicionó haciéndome pensar en qué día era. Mi cabeza daba saltos sin encontrar dónde posarse. Temí que fuera ¡lunes!, ¡diez de la mañana! ¡Llegaba tarde al trabajo! Mi corazón se aceleró por la intranquilidad. Empezó a bombear con potencia y en uno de los impulsos abrí los ojos de un chispazo.  

Me encuentro bajo una lona verde que me provoca pavor: ¿cómo? ¿dónde? ¿por qué? Me llevo las dos manos al vientre y me concentro en calmar la respiración. Extiendo una y toco el suelo. Está húmedo.

Me esfuerzo una vez más por ubicarme y recordar, pero no tengo ni la más remota idea de qué hago en una tienda de campaña. En cuclillas, me acerco a un lateral y palpo buscando una salida. Localizo una cremallera y tiro de ella con un único impulso. Suena la canción ‘Otherside’ de los Red Hot Chilli Peppers.

Por un momento temo que me haya deslizado al otro lado y ya no pueda regresar, que me haya separado de mí misma… y no sé si es algo malo.

Centenares de tiendas rodean la mía. Barbas sonrientes, ojos risueños y pañuelos de pirata me miran y me saludan.

El seductor rugir de los pistones atrapa mi atención. Un grupo de Harley Davidson se acerca por la izquierda buscando hueco entre centenares de Choppers. El brillo metálico de los tubos me atrae como si fuera luz ultravioleta para los ojos de un insecto.

Mi proceso de observación y análisis queda cautivado por una mirada verde que sigue mis movimientos. Un chico de facciones masculinas y mandíbula cuadrada se apoya en una Indian de carrocería roja. Aro plateado en la oreja izquierda, tejanos desgastados, botas negras de lustrosa hebilla y un collage de parches en el chaleco de cuero. Una expresiva Marilyn, en blanco y negro con labios rojos, me sonríe desde de la solapa. Esbozo una sonrisa como respuesta y regreso a aquellos ojos verdes que me escoltan como si custodiaran el misterio de qué hago yo aquí.

Doy dos pasos hacia él. Mi mente, desleal con el presente perpetuamente, me hace regresar a las montañas de informes, tasaciones y expedientes que me esperan en el despacho. Un sentimiento de culpabilidad empieza a colapsar mis circuitos internos. La angustia de estar faltando a mis obligaciones y deberes laborales me entrecorta la respiración. Con un hablar atolondrado y atropellado, le cuento que no sé cómo he llegado a este lugar, pero que necesito volver a la ciudad. Espoleada por la sensación de haber cometido un delito. Contrariada por encontrarme en una situación irregular. Fustigada por el remordimiento de quien comete un pecado. Le suplico que me lleve de regreso.

Hecha la petición, me siento obligada a justificar mi osadía con una retahíla de argumentos de peso. Primero le hablo de la necesidad de dar salida a los expedientes en plazo. Alego, además, que el director de mi oficina es una persona muy exigente y taxativa… Lo justifico aclarando que a él también lo presionan desde arriba y que, tal y como está la banca, si te echan ya no encuentras otro trabajo. Así que mejor arrimar el hombro, dar un apretón y mantener un nivel de competitividad que nos permita estar entre las oficinas con mejores resultados para que no se planteen cerrarla… Bla, bla, bla… bla. Perdida en mis propios argumentos, dudo que entienda nada. A pesar de ello, sigo hablando, justificando.

Sin esperar a que termine, me tiende un casco. Sube a la moto. Quita el caballete. Con una inclinación de cabeza, me indica que monte.

El aire acaricia mi piel como si fueran las amorosas manos de una madre calmando a su bebé de un cólico. El eco de los pistones soltando gases suena manso como una canción de cuna.

La inercia del movimiento me empuja hacia delante. Yo me sujeto al asidero trasero tratando de mantenerme lo más alejada posible del cuerpo del piloto. La fuerza de aceleración derrota mis esfuerzos. Me aproximo al chico irremediablemente. En cada acelerada, me junto más a él, como si fuera un imán que me atrae sobre su espalda.

Toma una curva con bastante inclinación. Me agarro fuerte atrás haciendo contrapeso. Casi nos desestabilizamos. En la siguiente se pliega tanto que me veo obligada a doblegarme yo también para no desequilibrar la marcha. Sale de la curva metiendo puño y sembrando en mí la sensación de que va a dejarme atrás. Estremecida enlazo mis brazos entorno a su cintura. Acariciar el cuero con las yemas de los dedos me relaja.

Nos cruzamos con otras motos que nos saludan extendiendo los dedos en forma de ‘V’. Él les devuelve el saludo. Al rato, yo también. Es un símbolo, un gesto de complicidad.

El retrovisor refleja su cara complacida y la observo un largo instante. Se percata de mi mirada y me devuelve un guiño. Como si alguien me hubiera pellizcado, aparto la vista bruscamente. Percibo cómo suelta una mano del manillar y la posa sobre mi rodilla. Inclina la cabeza ligeramente hacia atrás y acariciando mi pierna dice:

–¿Seguro que quieres volver a esa oficina?

La palabra ‘oficina’ solidifica en mi estómago. En su voz suena cruel.

Se destapa de nuevo la sensación de estar haciendo algo indebido. Un malestar que, en realidad, suele perseguirme de la mañana a la noche, todos los días.

Estaba haciendo algo mal. Por eso trabajaba con miedo. Temía que alguien lo descubriera y me pillara. Ese era el motivo por el cual me esforzaba cada vez más y dedicaba más horas. No podía separarme del trabajo. Me llevaba cosas que hacer a casa. Había sustituido la lectura de novelas por manuales de banca, libros sobre técnicas de venta de productos financieros, informes de los mejores Fondos de Inversión según Morgan Stanley, de seguros de vida y salud, o seguros de coche o de incapacidad temporal, o lo que fuera la última campaña del banco. Tenía que poner toda mi energía en estar al día, en formarme para dar la talla de lo que se esperaba de mí y cumplir con los objetivos que cada mes me fijaban. Me horrorizaba la llamada del jefe de zona leyéndome los resultados de mis ventas en relación a la media de mi área. Abría el mail con pánico a encontrarme el mensaje de: ‘pase por recursos humanos…’ Vivía temiendo cometer un error. Para que no se descubriera lo que hacía mal, para mitigar el nudo en el estómago que todo aquello me producía me dedicaba en cuerpo y alma al trabajo.

¡No, no quería volver a aquella enloquecedora oficina! No me apetecía encasquetarle a la gente seguros como quien despacha barras de pan. Ni abrir un plan de pensiones a un cliente como si le conectara la ADSL o constituir un fondo para la universidad de su hijo de cinco años, como si le estuviera poniendo gafas para ver la pizarra en el cole. Odiaba tener que bloquear una tarjeta porque había pendiente una cuota de la hipoteca, o argumentar la negativa del comité legal a la dación en pago de una vivienda para liquidar la hipoteca draconiana contratada cuando todo se veía de otro color. Odiaba tener que hacer todo aquello porque me repugnaba. Por eso, los escuchaba sin oírles. Anestesiaba mi sensibilidad velando por los intereses y la supervivencia de la entidad.

Me dan náuseas. Tengo ganas de vomitar.

El chico para en la cuneta.

Me tiende un pañuelo de papel. Su antebrazo izquierdo luce un Rock & Roll tatuado con letras romanas. Es como un cartel publicitario, manda un mensaje.

No dice nada. Solo me mira. No es una mirada enjuiciadora ni de escrutinio. Es una mirada de destape, como si me viera por dentro o como si quisiera que yo me viera. Empiezo a parpadear en secuencias rápidas y alternas, pero por más que cierro los ojos, una y otra vez, su mirada ya no me permite esconderme.

Regresamos al festival, la concentración de motos o lo que fuera. Seguía sin tener claro dónde estaba.

Conocí a sus amigos y amigas. Me presentó a gentes que él tampoco conocía. Una especie de vínculo los unía. ¿Las motos? ¿El Rock & Roll? ¿Las cazadoras de cuero?

Música, cerveza, alegría, risas, rugir de tubos de escape. Soy incapaz de reproducir una sola palabra de aquellas conversaciones, pero cada charla era un aprendizaje, una revelación. Sus vidas eran una metáfora de la libertad. ¿Y el trabajo? ¿Es que ellos no tenían que trabajar? Pensé que tendrían profesiones liberales y así cualquiera puede ser feliz. Pero si tienes que tragarte diez horas diarias como yo…

Rompí la magia y pregunté. ¡Pues claro que trabajaban! En mil y una ocupaciones, pero ninguno en banca… creo… Pasaron el tema por encima. Para ellos la faceta laboral no tenía la importancia que yo le daba. Era una forma de sustento, sin más. La gasolina para su modo de vida. Ni mucho menos el sentido ni el centro de su existencia.

¡Qué rabia me dio aquello! La verdad, yo no veía la manera de hacerlo de otro modo. Igual ellos no tenían ni presión ni competencia… pero en mi sector… aquella felicidad no era posible.

‘How long, how long, will I slide?’

Otra vez Red Hot Chilli Peppers. ¡Qué manía con la cancioncita! Como si no hubiera más. Con lo pegadiza que es, después me paso una semana con la tonadilla rebotando en mi mente. La letra no tiene sentido, es una paranoia.

–Sí tiene sentido –dice él.

Lo miro sorprendida. No sabía que había hablado en voz alta y no entendía cómo podía escuchar mis pensamientos.  

–¿No sabes de qué va?

Lo miro aturdida.

–Habla de las batallas de los drogadictos con sus demonios. Por eso te parece una paranoia. The Otherside representa el otro lado, la muerte. Vivir narcotizado es estar muerto, es no vivir.

Sus palabras me penetran en vena.

–Las drogas se llevaron a muchos por delante. Como cualquier adicción. Te quita la libertad. Y sin libertad estás muerto.

 Miro a mi alrededor. Se me había olvidado la fama de drogadictos que tienen los rockeros.

–No te asustes –rie el chico–. Nosotros pertenecemos al straight edge, punk–rock sin drogas. Una vida que tú controlas. Tú y nada ni nadie más que tú. 

Enfatiza el “tú” como si quisiera inculparme. Su mirada me escruta como si llevara una mancha en la camisa que me delata.

–Yo jamás he fumado ni un porro –contesto para escapar de su acusación.

–Me refiero a esa oficina tuya a la que tanto ansías volver… Tú estás en ese momento en que ya no controlas. Estás enganchada. Has llegado a una situación de adicción en la que necesitas más de la cantidad habitual, pero a la vez odias que sea así. Al final te pasará como al de la canción, te suicidas con una sobredosis porque no lo puedes parar.

¿De qué coño me está hablando? Siento el instinto de abalanzarme sobre él y golpearlo. Pero es una secuencia que solo ocurre en mi mente. En realidad ni me muevo. Me he quedado petrificada. 

–La canción la escribió Anthony, el cantante de los Red Hot. Es un homenaje a su primer guitarrista Slovak. La letra describe su calvario con la droga hasta alcanzar el punto terminal. La adicción te lo quita todo, la libertad, los amigos… Te sume en un estado mental de horror, de pánico, de miedo… hasta acabar con tu vida.

Vuelvo a sentir la piedra en el estómago. Aquel pánico patológico que me persigue de la mañana a la noche. La sensación de estar haciendo algo mal y tener que poner toda mi energía para disimularlo, para dar la talla de lo que se espera de mí y cumplir con los objetivos que me fijan.

Salgo corriendo. Tengo que escapar. Debo huir. Corro y corro sin moverme de sitio. La respiración es insuficiente para llenar mis pulmones de oxígeno. Presiento que voy a ahogarme. Tengo la sensación de caer por un acantilado. Golpeo contra la superficie del agua y me sumerjo en las profundidades de un mar negro y oscuro. Mi cuerpo pesa como un ancla de hierro y me hundo irremediablemente.

Se me agota la energía. Me quedo sin aire. Me quedo sin fuerzas. Ya no me quedan amigas. Tampoco me queda Alberto: ‘Verónica, yo te quiero, pero nunca soy tu prioridad’, y se fue.

El resuello de mi respiración resuena como el eco y se convierte en una risa tétrica. Jadeo buscando a Alberto. ¿Estaba a tiempo de recuperarlo?

La angustia me sofoca.

Estoy sudando.

¡Grito!

No hay nadie. Estoy sola.

Sola con mis pesadillas.

Salto de la cama y entro el baño. Me echo agua en la cara para despejarme.

Me reflejo en el espejo.

«Ha sido un sueño… una pesadilla… Solo eso.»

¡Bufff!

Inspiro hondo para recuperar el sosiego. Tomo aire por la nariz y lo suelto poco a poco por la boca. Cierro los ojos para deleitarme en la calma que me produce ese respirar profundo. Lo repito varias veces. Vuelvo a abrir los ojos, pero me quedo sin aire de golpe al ver unas coordenadas: 37º 46’ 00’’ N  tatuadas con tipografía romana en la parte interior de mi muñeca izquierda.

por Gloria Llatser

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