Apócrifa ilusión - De Musas Y Críticos
La frustración después de una Noche de Fin de Año
Frustración, desilusión, Fin de Año, Puerta del Sol
506
post-template-default,single,single-post,postid-506,single-format-standard,ajax_fade,page_not_loaded,,select-theme-ver-3.3,wpb-js-composer js-comp-ver-4.12,vc_responsive

Apócrifa ilusión

Todas las noches de Fin de Año son iguales vistas desde el coche patrulla.

Jóvenes apelotonados en las puertas de bares y discotecas, fumando y bebiendo con ansiedad. Hablan a gritos en mitad de una calle desierta, como si la machacona y estridente música siguiera a todo volumen fuera del local. Gente en los rincones, recostados contra la pared, sentados en un peldaño: mareados, cansados, colocados, bebidos. El humo de los cigarros se confunde con el vaho de la respiración en una atmósfera gélida. Sí, es una noche fría, aunque nadie lo diría a la vista de los tops de tirantes, las minifaldas indiscretas, los vestidos palabra de honor que ceden dejando medio pecho al descubierto, espaldas desnudas que se prolongan hasta la rabadilla o pantalones sujetados un palmo por debajo de la goma del slip.

El turno ha terminado. Regresar a casa. Contemplar la noche que se rinde a la irrupción implacable del alba. Del mismo modo, la esperanza claudica ante la frustración y, la juventud, tornadiza y mortal, sucumbe a la madurez. Un espectáculo decadente. El espejismo de la ilusión. Horas de acicalamiento. Engalanarse para conocer a alguien, para enamorarse. Ropa interior roja. Aderezo en los platos. Champán a raudales. La panacea de la diversión. Un alarde de deseos y propósitos para una sola noche o para todo un año. Nueva oportunidad. Nos colocamos en la línea de salida para iniciar el recorrido que, esta vez sí, esperamos ganar. Una carrera que empieza y acaba cada treinta y uno de diciembre con idénticos resultados. Manjares malogrados. Vómitos. Náuseas. Arcadas. Mareos. Aunque no lo queramos reconocer. O tal vez, nos resulte imposible reconocerlo y nos amparamos en el recurso de reinventar la historia, de justificar lo sucedido, de hacer una versión consoladora y reconfortante de los hechos. Solo en casos extremos, hacemos trampa. Entonces recurrimos al truco de camuflar fracasos estrepitosos entre el claroscuro de un premio de consolación.

Como una noche de fin de año recurrente ha sido la vida de Santi. Amasar ilusiones. Proyectar esperanzas. Formular deseos. Prepararse para el futuro. Esfuerzos infructíferos, estériles. Obligado constantemente a enfrentarse a su incapacidad para lograr lo que pretendía. Una existencia castrada, infecunda. Ilusiones apócrifas que tan solo apuntan al cadalso.

Una retirada a tiempo es un éxito, piensa. La luz del amanecer ilumina las caras cetrinas que reflejan las consecuencias de una noche de excesos, que desemboca en el desengaño. Una tribu de muertos vivientes inunda las calles. Caras desdibujadas por el maquillaje corrido. Zapatos en las manos. Vestidos descolocados con el dobladillo deshecho. Cabellos enmarañados. El alba es la señal para ocultarse. Resurgen del suelo, de locales cual cuevas, de la oscuridad de un portal. Rodeados por el hedor a vómito y la cabeza a punto de estallar, acumulan fuerzas para arrastrarse hasta sus lechos siguiendo el ritmo de un caminar descoyuntado.

En casa.

Abre la puerta de casa con sumo cuidado, como si no quisiera despertar a nadie. El calor lo golpea como si hubiera abierto el horno a media cocción. Cierra enseguida. Se quita el anorak. Coloca las llaves en una bandeja de piel granate sobre el mueble del recibidor. Es un acto reflejo, cotidiano, el click para desconectar de todo lo acontecido durante el servicio.

El olor a turrón de chocolate la atrae. La bandeja sigue sobre la mesa del comedor, intacta. Toma un trozo y lo saborea. Le gusta chuparlo antes de morderlo. Las papilas gustativas se conectan de inmediato con el cerebro e irradian una sensación placentera que nace en la parte trasera de la boca. Cierra los ojos en la oscuridad y se entrega al goce. Se relame los dedos para disfrutar hasta la última brizna de ese sabor amargo que le evoca el cobijo de un hogar.

La vileza del premio de consolación.

No necesita abrir las luces. Una tenue luz se cuela por el intersticio de la persiana y le permite orientarse. Entra en la habitación de Julián y Alberto, tan vacía como la de Aurora. Al final decidieron pasar la nochevieja con su madre. Una decisión que le costó aceptar. ¿Con mamá? ¡Pero si estuvisteis en Nochebuena! ¡Claro, los primos, los abuelos…! Allí es más divertido. Acogerse a un recurso fácil. Cambiarle el turno a un compañero. Tranquilizar a los niños, o a su propia conciencia. Sí, es mejor que os vayáis con mamá, al final, a papá le toca trabajar.

 

por Gloria Llatser

 

No hay comentarios

Publicar un comentario

doce − 4 =

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.