Querer es poder - De Musas Y Críticos
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Querer es poder

Nunca me ha resultado complicado encontrar un tema sobre el que escribir. Observo un comportamiento o una situación y construyo la historia a contar.

En este caso, quería escribir sobre esas personas que se creen que son lo que les gustaría ser. Ya me entendéis, esos listillos que se consideran expertos en nuevas tecnologías porque manejan un móvil caro, o quienes retocan con mil filtros una foto, en la que más o menos han salido bien, y se ven ‘top models’, y luego te sonríen y te tratan como si tú fueras de una especie inferior. O aquellos sabiondos que se califican inteligentes, cuando sus conocimientos se podrían empaquetar en el equipaje de mano de una compañía low cost.

No es de extrañar que el mundo esté plagado de profesionales mediocres, convencidos de poseer cualidades, superiores de las que en realidad gozan. Porque han estudiado una carrera, han visto reparar un coche o construir un armario, ya se creen capaces.

Pero resulta, que lo que el pobre cliente se encuentra es un armario que no encaja en las medidas, una avería que se repite una y mil veces, un caso perdido o una dolencia que nadie acierta a diagnosticar. Tienen sus explicaciones, la excusa que los exime de toda responsabilidad. Escuchas, no sabes si creer o no lo que te cuentan. Confiar sería arriesgarte a tropezar de nuevo con la misma piedra y tú solo quieres un armario a medida, exactamente de la medida del hueco que hay en tu habitación.

Es de suponer que si alguien es carpintero es porque sabe hacer armarios. Y lo mismo debe suceder con un abogado, un médico, un juez, un político, un profesor, o con una abogada, una médico, una jueza, una política, una profesora. Pero ahí está la trampa, porque querer no es poder.

Es la plaga de nuestra época, incubada a base de millones de datos de información que se multiplican inacabablemente en gigabytes, terabytes, petabytes, exabytes, zettabytes, yottabytes. Accesibles a cualquiera que aspire a convertirse en lo que desea ser.

Los casos proliferan por doquier y en todos los ámbitos. Personas con una habilidad especial para proyectar su imagen idealizada como si fuera fidedigna. Que confunden el anhelo con la realidad y así se muestran, así actúan, así se comportan, tejiendo con deseos la telaraña de su identidad. Altruistas consagrados que dan veinte céntimos al gorrilla que les ayuda a aparcar, y viven en el convencimiento de que lo suyo es el interés por el prójimo. Amigas que te venden su amistad incondicional porque un día salieron de la cama para consolarte de un fracaso amoroso, pero es que ese día no estaban cansadas, se sentían aburridas, no echaban en la tele nada que les enganchara y les pillaba bien. ¡Ay pobre de ti, que un día las necesites de verdad y no se den las circunstancias propicias!

¿Y qué decís del típico compañero que conoce a todo el mundo? Que te puede ayudar a encontrar un trabajo llamando a menganito o a fulanito, o conseguirte una cita con tal empresa porque su prima…, pues eso, que conoce a la íntima amiga de la jefa. ¿Y el que cacarea que te va a conseguir entradas para un partido de fútbol o para un concierto?

Un mundo hecho de pensamientos narcóticos.

Pensar… imaginar… es tan fácil, que cualquiera puede hacerlo.

Cierro los ojos y visualizo una historia sobre personas que creen que son lo que les gustaría ser. Con la cámara de la invención pretendo enfocar su ridiculez, su insustancialidad, su impostura. Denunciaré a esos farsantes. Será una historia impactante, de las que golpean las conciencias y agitan los corazones, de las que te caen encima como una avalancha reveladora.

Voy a arrancar las máscaras de toda esa escoria generadora de frustración y fracaso.

El deseo se convierte en obsesión y creo esquemas, bocetos, planifico escenas, diseño los personajes. Pero las palabras se me atascan, se repiten. Solo me vienen imágenes que ya he utilizado. Y cuando necesito un ejemplo en concreto, un caso específico que yo haya presenciado, no me viene ninguno. Los he visto, sé como son y cómo actúan, voy a escribir sobre ellos. Si es necesario amplio la información sobre tales conductas en la página web de alguna revista para psicólogos.

Estoy convencida de que puedo hacerlo. Tal vez hoy no, porque me falta la inspiración, pero mañana sí. Y me despierto a las seis, por aquello de “a quien madruga, Dios le ayuda” (aunque hace años que dejé de creer, un refrán es un refrán) y me siento ante el teclado y la pantalla con ánimo de escritora y dejo salir unos párrafos que me parecen una maravilla, una verdad a voces escrita por ángeles. Luego la reviso, modifico partes, pero por mucho que toque y retoque, mis párrafos no son más que un puñado de palabras mal elegidas y peor combinadas. Alguien lo leerá, a alguien le gustará. ¡Claro! ¡Cómo no! A todo el mundo se le puede engañar una vez.

Lo importante es que estoy aprendiendo, que veo la evolución.

Busco nuevas herramientas que me ayuden a seguir avanzando, a clasificar los contenidos por colores, a planificar lo que quiero revelar, a identificar las emociones en las que pretendo recalar. Tengo tanta información a mi alcance, que si quiero puedo. Seguiré aprendiendo y evolucionando y convertiré mi prosa un río que fluye con fuerza y velocidad adoptando giros inesperados en los momentos de rápidos, que se precipita con energía por cascadas de revelaciones y que recorre el cauce tranquilo de las vidas íntimas de sus personajes. Entonces mi escritura desembocará en miles de lectores, que como el mar, harán suya el agua del río.

Estoy convencida de que soy capaz, si quiero, puedo.

Leo a Borges y me imagino creando un mundo de Ficciones. Me adentro en Vilamatas y me inundo de poder para convertir en literatura cualquier pensamiento ordenado o en desorden, repetido o único. Recurro a Stendhal para reavivar la certeza de que soy una narradora del alma humana, de sus entresijos, que puedo explicar sentimientos que todos reconocemos, pero que solo unos pocos pueden volcar en palabras. Y acabo en Camus, convencida de que la literatura es un vehículo para el pensamiento, para focalizar conflictos y presentar el absurdo.

Por eso pienso que soy una escritora, porque me gustaría serlo. Porque si quiero, puedo, o eso me han dicho. Pero a veces querer es desesperarse, es frustrarse al no reconocer tu idea en lo que has escrito, que no te despierte esa intensidad de emoción que habías previsto. Es sentirte fracasada, porque a pesar de que lo intentas, de que te esfuerzas de que te empeñas, no puedes… Pero sigues adelante, porque crees en ti y en tu idea de lo que quieres ser y porque esa autocrítica. Ese rasgarte por dentro y reconcorte incapaz, te ayuda a mejorar de verdad.

 

Por la ficción de una Gloria Llatser escritora

2 Comentarios
  • Lunio Citaro

    15 abril 2018 a 23 h 24 min Responder

    Diseccionas la naturaleza humana con una humildad que sobrecoge. Se puede intuir que detrás de una escritora que duda de su talento, como tantas veces hemos podido constatar, existe la escritora de verdad, la que merece la pena, y la que al margen de manejar “pensamientos narcotizados”, ficciones o lo que te venga en gana nos atraviesas siempre la sien con una bala inesperada. Por lo que agradezco leer poder leer todos estos pensamientos narcotizados.
    Deseo, frustración y obsesión, estás tres palabras que aparecen discretas en tus pensamientos, te delatan. Espero impaciente tus nuevos pensamientos narcotizadores…
    Gracias por compartirlos con tus lectores, Gloria.
    Intuyo, que estamos ante una escritora de las de verdad.

    • admin8586

      16 abril 2018 a 10 h 53 min Responder

      Hay palabras que transforman la oscuridad en luz. Gracias por compartir tus impresiones y poner alas a mis deseos.

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