Síndrome de Estocolmo - De Musas Y Críticos
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Síndrome de Estocolmo

Si ahora mismo me preguntarán quién soy, no sabría qué responder. Sé decir quien he sido, qué he hecho y también tengo un extenso currículum que habla me mí. He tenido objetivos, metas, sueños, pero no sé si me pertenecían o los había tomado prestados. Así aterricé en la escritura, para encontrarme.Puede que al principio también fuera un interés robado, pero la tinta de cada palabra se ha inyectado en mi sangre y ha contaminado mi organismo hasta convertirme en lo que escribo. Estoy intoxicada por este narcótico que se ha incautado de mi alma y de mi voluntad. Sobrevivo a base de dosis cada vez mayores de esta sustancia.

Pero vayamos por orden. Toda adicción empieza con una catarsis.

No había escrito nunca, si exceptuamos algunas anotaciones en mi diario de adolescente, una especie de escritura automática cuando ni siquiera sabía lo que eso era. También he escrito informes, muchos, sobre restructuración de plantillas, liderazgo, motivación, descripción de puestos de trabajo… Habré escrito miles y miles de páginas, ¡tantas!, que podría llenar las estanterías de una biblioteca. Pero la utilidad de todas esas palabras se restringía a un interés específico, particular y muy acotado en el tiempo.A veces la vida te presenta situaciones en las que sientes la tentación de cambiar de camino, de tomar una desviación, de adentrarte en una carretera que no está marcada en el mapa. Tras una ajetreada existencia, de trabajar sin parar, o lo que es lo mismo, vivir sin pensar, disponía de tiempo. El tiempo (me refiero al que no está predestinado) es corrosivo. Cada minuto que no dedicaba a hacer lo que se suponía que tenía que hacer, lo que había hecho siempre, lo que hacían los que eran como yo, erosionaba una capa de esos objetivos, metas y anhelos que alguien había cosido a mi existencia. Hasta que me quedé desnuda, sola con mi vacío existencial.Al principio me resistí y busqué salidas ilusorias abriendo las mismas puertas por las que ya había transitado. Pero el vacío, no me abandonaba, se venía conmigo.La había visto muchas veces. No sé cuanto tiempo llevaba allí, junto a las otras, pero nunca la había abierto. Ni tampoco conocía a nadie de mi entorno que la hubiera cruzado.Sola, desvestida y sin currículum, la traspasé. Me adentré en un mundo desconocido, yo diría que incluso inhóspito, del que no tenía ninguna referencia y donde nadie me conocía. Para hacerlo más amigable, le puse un nombre: De Musas y Críticos.

Hoy hace justo un año que aterricé por aquí.

Lo que tenía que hacer era escribir historias. Disponía de muchas anécdotas que contar, así que de entrada no me asustó el trabajo. Al principio escribía sobre lo que mi anterior yo había vivido. Era fácil. En un día o dos estaba la anécdota lista para deleitar a los habitantes de ese mundo que poco a poco iban creciendo. Pero no todo valía. A veces tenía la sensación de que los estaba defraudando. No podía verles las caras, de la mayoría no conocía más que su nombre de usuario. Sin embargo, percibía sus silencios, su leer y pensar que me había quedado en la superficie, en la anécdota, que había hecho un trabajo fácil, amable, pero que como mis informes no era más que algo particular y temporal.Pero ya estaba narcotizada y me di cuenta de que detrás de cada historia que quería contar había una verdad que no me atrevía a sacar. Vosotros lo sabíais y me exigíais ese esfuerzo. Debía aumentar la dosis.Ahora estoy enganchada a cada personaje, a cada escena que proyecto, a cada tema sobre el que escribo, a cada argumento. Buceo en las entrañas de cada línea, separando lo sintético de lo puro, peleándome con esas verdades prestadas y con las mías propias. ¿Pero cuáles son las mías? Si yo no sé quien soy. Pierdo mis pensamientos, mis creencias, mis convicciones en cada relato. ¿Los pierdo o los gano? Ya no lo sé. Me convierto en su protagonista, libro sus batallas, lloro con sus pérdidas y me entremezclo en su mundo, en su realidad. Me despierto de noche y entonces necesito ser Diego Lobeira, Quinito, la mujer que está tendida en una camilla haciéndose un tratamiento de algas, la niña escuchando la tormenta, la pareja que discute, la barca que quiere fundirse con el mar…

Si ahora mismo me preguntaran quién soy, no sabría qué responder. Porque aunque quiero pensar que soy esos personajes o sus vivencias, que hay mucho de mí en ellos, o que yo estoy impregnada de su esencia, en realidad nada de esto es cierto hasta que vosotros lo convertís en realidad. ¿Entendéis qué adicción la mía?No soy nada sin vosotros, sin lectores. Todo es una ilusión, una entelequia. Fantaseo con ser escritora, con publicar esa novela que va cuajando poco a poco al ritmo de vuestra aceptación de lo que escribo… ¿Pero qué digo? Disculpad, vosotros no tenéis la culpa. Os estoy dando una responsabilidad que no os corresponde. Soy yo la única responsable, la única culpable, la que debe esforzarse por hacerlo mejor, por escribir cosas que merezcan la pena ser leídas, por encontrar los sentimientos que nos unen, que son atemporales, eternos y ponerlos en palabras que capten más allá de su apariencia.

“No le des tantas vueltas”. Mi yo pragmático me advierte. “Ya tienes la novela lista, escribes bastante bien, mándala a las editoriales a ver qué pasa”. Amigas y amigos lectores me repiten también esta cantinela. Me animo, me convenzo. Pero la lectora me acompaña en este viaje se ríe. ¿Cuántos libros he leído que me han defraudado? ¿Vas a hacer eso con tus lectores? Darles lo mismo que otros ya les ofrecen. ¿Consumir su tiempo en una lectura amena?

Si ahora mismo me preguntarán quién soy, no sabría qué responder. A lo que sí podría contestar es quién quiero ser. Quiero ser ese personaje que te conmueve, en el que te ves identificada o identificado, porque da igual que sea hombre o mujer, extraterrestre o una barca, real o ficticio. Quiero ser el libro que escondes bajo tus sábanas robando tiempo al sueño. Quiero ser la frase que te abra los ojos, que te haga sentir que has encontrado una verdad. Quiero ser el sentimiento que te arranque el llanto, que te haga reír. Quiero ser la ilusión por saber lo que va a ocurrir. Quiero que me leas, que me traigas a la vida, que me hagas existir, que me hagas ser.

Gracias por haberme secuestrado. Gracias por llevarme a vuestras casas, a vuestros refugios. Por pasearos por mi mundo, por hacerlo vuestro también. Por comentarme, por compartir vuestras interpretaciones de lo que escribo, por trasmitirme lo que os despierta cada relato. Este síndrome de Estocolmo que padezco me lleva a buscar vuestra complicidad y a crear un fuerte vínculo afectivo con vosotros, que deseo y espero, dure muchos años, muchos relatos, muchos libros.

“Si ahora mismo me preguntaran quién soy, no sabría qué responder”, se repetía Sabana mientras le ataban las manos a la espalda y le colocaban una venda en los ojos. Las mordazas la oprimían como si fueran una soga que quisiera partirla. La empujaron para que se moviera. Aún sin ver, podía saber en qué centímetro de aquellos cinco metros cuadros se encontraba. Sin embargo, no quería salir. Llevaba tanto tiempo encerrada en aquel cuarto que ya no le encontraba sentido a tener que irse. Pero su marido, por fin, había reunido el dinero del rescate…

 

Por Gloria Llatser

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