Escribir relatos
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Descomunicación

El sol apenas asoma tras un cielo encapotado. El viento del suroeste sopla desapacible, es un viento seco cortante y autoritario como un azote. Las nubes se acumulan en el horizonte y amenazan con tormenta. Se abrochan los chalecos hasta el cuello, se resguardan las manos en los bolsillos y, con paso ligero, se dirigen hacia el coche patrulla. El móvil vibra en el bolsillo de Begoña, lo saca para sentarse cómodamente. Observa la pantalla. Doce wassaps. Los lee sin prisa. Se aparta del coche, el viento la zarandea y busca el abrigo de un árbol para llamarle, será más fácil que ponerse a responder con los dedos helados.

–¡Hola! ¿Tan pronto despierto? –El viento se cuela por el auricular y hace chirriar sus palabras. Se acerca más al tronco, como si tuviera que encender un mechero, buscando el resguardo.

–Me tenías preocupado. ¿Qué ha pasado?

–Nada.

–No contestas a mis mensajes. ¿Va todo bien?

El vendaval aumenta de intensidad, apenas puede oír.

–Sí, sí, todo bien, un poco liada en el trabajo… ¿Ha pasado algo? Tenía varias llamadas tuyas… no las he oído.

–¡No, no ha ocurrido nada! Te he mandado varios wassap también.

–¿Cómo? –Begoña se pega más al árbol, como si pretendiera meterse dentro para esquivar el vendaval.

–¡Que te escribí por wassap! Y tu nada, ni mu –grita Álvaro.

Begoña empieza a arrepentirse de haber llamado. Solo le faltan reproches, ¡encima! Hubiera sido mejor responder con un emoticono, uno de esos que no significa nada y lo significa todo.

–Yo estoy bien –continua Álvaro para acabar con el silencio al otro lado–. Sólo quería saber si tú estabas okay.

Begoña se tapa la otra oreja y da vueltas buscando el lado por donde sople menos.

–Sí, todo bien.

–Es que no he sabido nada de ti estos días y pensé que podría haberte pasado algo.

La reverberación entrecorta las palabras y parece como si Álvaro le hablara desde la profundidad de una cueva. De nuevo, el silencio ocupa la línea.

–Digo, ¡que no te costaba nada mandarme un mensaje! Me has tenido preocupado…–se queja Álvaro levantando la voz.

–Bueno, ya sabes… –Un soplo se cuela por el aparato originando un silbido que le obliga a retirar el móvil. Se lo acerca de nuevo a mitad de frase.

–…incluso dormía pendiente del móvil… por si me decías algo.

–¡Qué exagerado! –cierra la boca de golpe para evitar que se cuele una ráfaga de aire cargada de tierra.

–¡No exagero! Estaba preocupado…

–Bueno… –Una rama la golpea en la cabeza y se agacha en un gesto instintivo. Menudo peligro, piensa.

–Como tampoco contestabas a mis llamadas… –añade Álvaro y sus palabras se desvanecen azotadas por la ventisca que las arrastra y se las lleva.

–Voy cansada… esta semana he madrugado… ya sabes… –El zumbido del ambiente es cada vez más fuerte y la obliga a subir el tono de voz.

–¡Pero podías haber contestado algo! Para que me quedara tranquilo.

–Bueno… tampoco pasaba nada. –El aire levanta un remolino de arenilla y hojas que la golpean en la cara y le enturbian la vista. Se gira para esquivarlo y se frota los ojos.

–Es que te noto tan distante…

Begoña se detiene.

–¿Distante?

–Sí, me refiero a que… hemos hablado poco…

–¿Qué hemos hablado poco? –Se aparta del árbol. Cree haber oído mal. Debe ser este vendaval, piensa. Con las dos manos intenta aislar el teléfono del ruido externo–. ¡No te oigo muy bien! Hace mucho viento. –El árbol no le da el cobijo que buscaba y da vueltas en un infructuoso intento de escapar de esa corriente que la agita y la sacude.

–Deberíamos hablar –insiste Álvaro.

–¿Hablar? ¡Pero si nunca has querido escucharme! –grita Begoña.

–No es cierto, solo te dije que mejor hablábamos en otro momento, que había quedado y no era plan empezar esa conversación y tener que irme.

–Es que para ti yo nunca soy una prioridad –responde Begoña lanzando las palabras como si fueran piedras.

–Eso ya lo hemos discutido y no es así –sentencia Álvaro con contundencia, como si pusiera una valla de hierro en mitad de una calle para indicar que por allí no se puede pasar.

–Está claro que no sabes lo que es hablar y mucho menos escuchar.

–¿A qué viene eso? Soy yo el que te está diciendo que quiere que hablemos.

–Pues yo ya no tengo nada más que decir. Todo lo que tenía que decir ya lo he dicho, me escucharas o no, me entendieras o no. –Como si las palabras le pesaran más de lo que pude sobrellevar, se apoya contra el árbol.

–Y luego dices que soy yo el que no habla o no escucha, pero ¿tú te oyes lo que estás diciendo?

–No te oigo… el viento es muy fuerte. –Se cambia el auricular de un lado al otro, se agacha, se levanta, gira hacia un lado, luego hacia el otro. Tiene la sensación de estar luchando contra un monstruo de múltiples tentáculos que la golpea enérgicamente.

–¿Cuándo te va bien que nos veamos?

–¿Qué?

–¿Que cuándo podemos quedar para hablar?

–¡No se oye bien! Hace mucho viento –responde Begoña a gritos. Y sin esperar respuesta, cuelga.

Se escuchan truenos. Las primeras gotas empiezan a caer. La tormenta ha llegado.

 Por Gloria Llatser

4 Comentarios
  • Esther Garcia Cervera

    6 octubre 2017 a 21 h 18 min Responder

    Bravo Gloria..

    • admin8586

      12 octubre 2017 a 12 h 41 min Responder

      Gracies. Muac

  • Luis María Vieito

    12 octubre 2017 a 10 h 11 min Responder

    Consigues que identifiquemos el carácter de los personajes y el conflicto rápidamente. Además manejas con una belleza increíble el recurso de la tormenta de fondo, como una segunda narración de la misma historia, conforme ellos van conduciendo su crisis, la tormenta toma el mismo camino, reforzando lo que ocurre en la trama central. Me ha gustado mucho, Gloria.

    • admin8586

      12 octubre 2017 a 12 h 43 min Responder

      Muchas gracias por tu comentario. Celebro que te haya gustado. Un abrazo.

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