Escribir relatos
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Remordimientos

La sensación de paz y tranquilidad es algo efímero. Vamos constantemente en su búsqueda, como quien va en busca de un ansiado tesoro, pero cuando la encontramos no podemos retenerla. Imposible de atrapar ni de encerrar en una urna, corre traviesa. No podemos regresar a casa con esa paz bajo el brazo y colocarla en una estantería para contemplarla cada vez que nos haga falta. La tocamos sólo por instantes. Luego desaparece, sin previo aviso. Hasta que podamos volver a abrazarla, habrá que librar más batallas.

La conciencia de ello es como un peso que le acaban de colocar sobre las espaldas. Toda su vida ha sido una constante lucha para acariciar un momento efímero de paz y tranquilidad. ¿La vida de los demás también es así? ¿O es algo que sólo le pasa a él?

Abre la puerta de casa. Respira hondo.

Un portazo lo recibe. No ha sido su puerta, parece que viene de arriba. Se oye un golpe seco y acto seguido un griterío incomprensible. Se asoma a las escaleras que llevan a las habitaciones y oye a Carmen discutir con Julián. Ha llegado en el peor momento. Por unos segundos piensa en salir de nuevo sin que lo vean. Demasiado tarde, Carmen está bajando.

–¡Menos mal que has llegado! ¡Esto es como un infierno cuando tú no estás!

–¿Pero qué ocurre?

–Aquí no me respeta nadie. ¡Todos hacéis lo que os da la gana!

Carmen apenas puede terminar la frase y estalla en sollozos. Se tapa la cara con las manos y entra en el salón para coger un pañuelo de papel de una caja que hay sobre la mesa de centro. Diego deja el equipaje en el suelo y, atónito, la sigue.

–Carmen, por favor, pero ¿qué es lo que ha ocurrido?

–¡No soy nadie en esta casa! Me habéis tomado todos por la criada. ¡Y tú el primero!

–¿Pero se puede saber qué he hecho yo, si acabo de llegar?

Diego levanta la voz. Esto es el colmo, acaba de poner los pies en casa y ya es el culpable de algo.

–¿Cómo no van a gritarme los chicos si tu eres el primero en hacerlo? –Apenas se entiende lo que dice porque el llanto ahoga sus palabras.

–Me puedes explicar lo que ocurre –añade en tono amable, cogiendo a su mujer de los hombros y acompañándola para que se siente en el sofá–. Relájate un rato aquí, voy a hablar con los chicos.

–Para ti es muy fácil decir que me relaje, pero no eres tú quien tiene que ir detrás de ellos todo el día. –Carmen mueve los brazos al hablar como si estuviera haciendo ejercicios aeróbicos.

–Ya son mayores, no hace falta que les vayas detrás.

–¡Qué bonito! ¡Encima los defiendes!

Hubiera sido preferible morderse la lengua. Carmen está al acecho, buscando una excusa para estallar contra él.

–No los defiendo, simplemente creo que no es necesario que te tomes las cosas tan a pecho.

–¿Que me tomo las cosas a pecho? Me gustaría saber cómo te sentirías tú, si te pasaras todo el día ordenando y limpiando, para que en décimas de segundo, te lo dejen todo patas para arriba. Pero, ¡qué digo! Imposible que me entiendas, ni puedes ni quieres. Prefieres vivir cómodamente, sin darte por enterado de los problemas de esta casa ni de los míos. Tú, cuando estás agobiado, coges la puerta y te vas. Ni te dignas a decirme qué te ocurre. ¿O te crees que no me doy cuenta? Eres dueño de entrar y salir cuando te plazca, no tienes obligaciones aquí. Haces lo que te viene en gana, y ni te molestas en dar explicaciones… –Carmen escupe las palabras, atascadas en su interior desde el momento en que su marido le anunció su repentino viaje de negocios, sin calibrarlas y aumentando el tono progresivamente.

–Carmen, ¡déjalo ya! –interrumpe bruscamente. Ese era el desenlace que se temía y efectivamente no se equivocaba.

–¿Que lo deje? –Da un golpe contundente sobre la mesa de centro y apoyándose para coger fuerza prosigue–: Te he llamado mil de veces desde que te fuiste… ¡Apagado fuera de cobertura! Ese eres tú cuando te da la gana. Y aquí nos puede partir una rayo que tú ni te enteras. ¿Y si en vez de robarme la cartera me hubieran agredido o cualquier otra cosa?

Diego se siente como si alguien se le hubiera sentado encima.

–Bueno…, te llamé por la mañana y no contestaste… –añade sin saber muy bien por donde tirar.

–Estaba en comisaría poniendo la denuncia –replica entre sollozos.

¿Por qué narices tenían que robar a Carmen justo el día en que decide hacer una escapadita? Los problemas lo persiguen, está claro. Pero apagar el móvil toda la noche… Eso lo reconcome. Al menos la hubiera podido tranquilizar… Una profunda sensación de saberse equivocado desde el minuto cero lo invade. Escenas de la noche anterior se cuelan en su pensamiento y lo hacen sentirse desnudo. Las alarmas se encienden y el llanto de su mujer borra todo recuerdo de placer.

De repente, se acuerda de algo. Se acerca al vestíbulo, donde sigue su equipaje, y saca una pequeña bolsita de papel del bolsillo de la chaqueta. Regresa al sofá y se sienta junto a su esposa. Le duele verla sumida en esa desesperación y se siente culpable.

–Toma, te he traído un pequeño detalle.

Le ofrece la diminuta bolsita de papel. Carmen sorprendida, se seca el rostro con un pañuelo, se despeja el pelo de la frente y observa conmovida el paquetito que su marido le entrega.

–Es una nadería, pero te lo he traído para que sepas que siempre pienso en ti… lo que pasa es que me sentía muy cansado y me acosté pronto… apagué el teléfono y…

Carmen se frota la aleta de la nariz con el reverso de la mano antes de coger el paquetito. Lo abre y saca una linda pulsera en tonos lilas y rosáceos de cristales semitransparentes. Mira a su marido, como desde abajo. En vez de palabras asoman de nuevo lágrimas a sus tristes ojos. Él la arrulla entre sus brazos y, como si le diera de comer en el pico a un pajarillo que se ha caído del nido, sella con un te quiero sus labios.

–Quédate aquí un rato, voy a hablar con los chicos.

Sube las escaleras de dos en dos. El “Without me” de Eminem se escucha a todo volumen. Diego llama a la puerta, pero con la música a tope es imposible que lo oigan, así que, sin esperar respuesta, abre. Julián y Alberto acaban de cumplir diecisiete años, son dos chicos alegres, deportistas, la viva imagen de lo que a él le habría gustado ser a su edad. Le encantaría preguntarles por el partido, qué tal les ha ido en el Instituto, pero… tiene que encargarse del otro tema.

–¿Qué ha pasado? Mamá está muy enfadada con vosotros, ¿qué le habéis hecho?

–Papá… Nosotros no le hemos hecho nada, ya sabes como es… ¡Se pone histérica por nada! –Replica Alberto elevando el tono de voz en las últimas palabras.

–Alberto, por favor, habla con más respeto, ¡es tu madre! Y controla el tono voz. Seguro que por nada no se ha enfadado.

–¡Venga, ya! Llegamos del partido, dejamos las cosas en la habitación y nos vamos a la ducha y, en ese momento, viene mamá gritando que tenemos la habitación hecha un desastre, que no le hacemos caso, que todo lo tiene que hacer ella ….

–¡Alberto, por favor! Te he dicho que bajes el tono –lo reprende Diego.

–Pero… ¡es que, papá! … ¡es verdad!. ¿Cómo quiere que recojamos si nos estamos duchando? Parece que lo hace para fastidiar.

–Alberto, tu madre no se dedica a fastidiar, pero si en un momento lo desordenáis todo, es normal que se moleste.

–¡Ja! –objeta Julián, que hasta ese momento se había mantenido al margen de la conversación–. Es entrar nosotros en casa y ya viene detrás gritando que no hacemos nada, que no la ayudamos, que lo dejamos todo de por medio, que ella está todo el día trabajando… ¡Ja! Si se pasa el día viendo cotilleos en la tele.

–No me gusta que hables así de tu madre, Julián. Sabes de sobra que se esfuerza mucho por todos nosotros y no os costaría nada hacerle un poco más de caso. Además ayer le robaron y…

–¡Papá, pero si eso fue nada! Llegó como si tal cosa, que si no encontraba la cartera, que si se la habrían olvidado en algún sitio, que si alguien se la había robado… y luego empezó a ponerse como loca porque no te localizaba. Cuando tú no estás, la toma con todo el mundo y se pone histérica por nada.

Diego quiere reprender a su hijo, pero algo instintivo lo hace callar. Las palabras de Julián hacen aflorar de nuevo el sentimiento de culpabilidad. ¿Y si Carmen sospecha? Últimamente le hace muchas preguntas y lo llama incesantemente cuando está fuera. Será mejor dejar las cosas como están. Los niños tienen una edad complicada y ella se obsesiona con el orden.

 

La noche trae el sosiego. Diego ha deshecho su equipaje y se mete en la ducha. Parece que todo ha vuelto a la calma y la tormenta no era tan virulenta como parecía.

Carmen se pone el pijama y entra en el baño para cepillarse los dientes. Él sale de la ducha y mientras se seca, la mira con ternura. Si no fuera por esos momentos de desgobierno en que todo parece desmoronarse, sus vidas podrían ser mucho más apacibles, pero Carmen pierde los nervios con excesiva facilidad y lo paga con todos. En el fondo, siente un gran cariño hacia ella y le gustaría poder ayudarla a sentirse más feliz.

Carmen se sienta sobre el bidet. Repasa una a una las bolitas lilas de su nueva pulsera, se detiene y observa a Diego que recoge y ordena el baño. Más que mirarlo parece que lo escruta. Bajo esa mirada inusual, Diego se siente desconcertado. Es de esas miradas que te hacen pensar que los demás ven algo en ti que tú no atinas a descubrir y que te hacen sentir al descubierto. Mecánicamente repasa lo que le rodea por si hay algo sospechoso que pueda provocar ese escrutinio. Se apresura a vestirse, alarmado por si su cuerpo presenta alguna secuela que pueda delatarlo. Como si cayera en la cuenta de algo muy obvio, que no había acertado a pensar hasta ese momento, corre a la habitación para comprobar que su móvil sigue exactamente en el mismo sitio, sobre la mesilla, boca a bajo, como siempre suele dejarlo. Respira aliviado.

Carmen sale también del baño y se dirige a su lado de la cama para acostarse. A Diego le parece que la mirada escrutadora persiste. Intranquilo, se quita las zapatillas y se entretiene en nimiedades antes de tumbarse. Asediado por el remordimiento, que le hace sospechar que pueda haber descuidado algo, examina la habitación bajo la luz tenue de la lamparita de noche, para verificar que no hay rastro de nada que pueda delatarlo. Se acuesta con el ánimo agitado, recolocándose varias veces en la cama buscando una postura que no encuentra.

–Diego.

–Dime, cariño.

–Quería preguntarte una cosa. –Diego se tumba sobre su costado y se topa con unos ojos que parecen sondearlo. Una especie de bola insoluble le obstruye la respiración y carraspea a modo de respuesta ininteligible–. Había pensado que podríamos alquilar una casa en la costa y pasar allí el verano.

–¿Todo el verano? –exclama impulsivamente, entre aliviado y sorprendido por la propuesta–. No creo que los niños quieran irse todo el verano.

–Lo ves, Diego, siempre va todo el mundo por delante de mí. A veces dudo de que realmente yo te preocupe lo más mínimo. –Carmen repasa de nuevo las bolitas de su pulsera como si fueran las cuentas de un rosario, con unos ademanes que a Diego se le antojan capciosos. Su mente lo traiciona y ve la pulsera azul en vez de la lila. El estado de alarma en que se encuentra lo hace sentirse inseguro y sin fuerzas para discutir de nuevo.

–Está bien, lo podemos considerar… no te enfades. Todavía queda mucho para el verano.

–Si nos quedamos en casa para mí no son vacaciones. ¿Por qué no vamos a Cambados? A ti siempre te ha gustado.

Un temblor lo sacude, la ansiedad lo sofoca y traga saliva de forma excesivamente ruidosa. ¡Es imposible que Carmen sepa que ha estado en Cambados! Su cerebro se atropella repasando todos los pormenores de su escapada: no se cruzaron con ninguna cara conocida; el primer día ni siquiera salieron del hotel; no le comentó a nadie sus planes; además, ella no tiene contacto con nadie de la empresa, por lo que no puede haber comprobado la veracidad del viaje; quizá algún detalle en el coche… pero Carmen no ha ido al coche. Como un escáner, su cabeza repasa la secuencia de hechos buscando algún resquicio, algún elemento que haya podido ponerla sobre la pista.

–… o tal vez Sanxenxo… Dicen que en julio y agosto se llena de turistas y hay mucha animación. Además la playa es ancha y de arena fina. –Carmen se percata del cambio en la cara de su marido–. ¿Qué ocurre Diego? ¿No te parece buena idea? Pensaba que querías que me distrajera y me relajara… –musita, y un halo de tristeza reaparece en su rostro.

Diego se relaja y recupera el control de sus pensamientos. El riego sanguíneo y las pulsaciones vuelven a la normalidad tras la alerta. Ha sido pura casualidad, su mujer no sospecha nada. Se apresura a intervenir.

–Sí, me parece bien cielo. Lo podemos ver.

–¿En serio lo vas a mirar? Cambiar de aires, salir de estas cuatro paredes y llevar un ritmo diferente me hará bien. Lo necesito, Diego –añade suplicante.

–Claro, cariño. Lo miraremos.

–Cambiando de tema, ¿qué tal te ha ido el viaje?

Con todo lujo de detalles, Diego relata las peripecias y las veces que tuvo que presentarse en la empresa para conseguir hablar con el dueño y que le diera una fecha de cobro. Habla dramatizando las situaciones y reproduce conversaciones ficticias con tal soltura y aplomo, que incluso a él le parecen verídicas.

El agudo sonido de un sms irrumpe en la conversación. ¡Olvidó apagar el móvil! Dirige su mirada hacia la mesilla, pero no se atreve a cogerlo.

–¿Quién te manda mensajes a esta hora? –interroga Carmen con cierta despreocupación.

–Nadie cariño, seguro que es algún compañero con una chorrada.

Una especie de intuición o, tal vez, precaución, le aconseja no mirar el móvil. Por el contrario, alcanza el mando del televisor y lo pone en marcha. Las imágenes y sonidos procedentes de la pequeña pantalla colgada en la pared enfrente de la cama, causan un efecto silenciador en el resto de la habitación. A Diego le gusta dormirse con la tele encendida, le ayuda a conciliar el sueño. Es una manera de dejar de pensar.

 

Por Gloria Llatser

2 Comentarios
  • Valentín Rodríguez

    5 agosto 2017 a 14 h 32 min Responder

    Interesante. La atmósfera que rodea la historia se palpa en todo momento, incluso al final se nota la falta de oxígeno. Lastima que acabe bien. Me hubiera gustado un poco sangre, metafóricamente
    hablando, je, je.

    • admin8586

      7 agosto 2017 a 13 h 04 min Responder

      Jajajaja. Hay alguien que opina como tú sobre los finales… falta sangre…. jajaja.

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