Una historia de risa De Musas Y Críticos
Gloria Llatser. Escritora y mentora. Mejora tu comunicación
El poder de la palabra, copywritting, Diego Lobeira, Gloria Llatser, storytelling
359
post-template-default,single,single-post,postid-359,single-format-standard,ajax_fade,page_not_loaded,,select-theme-ver-3.3,wpb-js-composer js-comp-ver-4.12,vc_responsive
Una historia de risa

Un postre bochornoso.

Una historia de risa.

Voy a contaros una historia de risa que me sucedió hace muchos años. Cuando en mi vida la risa estaba de moda.

Soy una chica de provincias. En mi época solo en las grandes ciudades se podía comer en un restaurante que además fuera librería. Tendría yo unos quince años. Fue un día en que fuimos de excursión con la clase a Barcelona, cuando me sucedió esta historia. 

Me sentía emocionada porque iba a comer con mi novio y sus amigos de la universidad. Que además fuera en un restaurante–librería le daba un toque de encuentro legendario, vamos, de esos que no olvidas en la vida. Efectivamente así fue, pero no por el entorno ni la compañía, ni siquiera porque me había escapado de la visita al Museo Picasso con las de mis clase, no. Fue por culpa del postre.

—De postre tenemos: mousse de limón, tarta de la abuela o helados variados.

Todos pidieron el suyo; yo, helados variados.

—De vainilla, limón o chocolate —pregunta el camarero.

—Variados —contesto yo.

—Limón, vainilla o chocolate —me vuelve a preguntar.

–—Variados —insisto.

La carcajada provocó que las mesas colindantes se giraran a mirar. Me miraban a mí, claro, la única que no se reía.

El camarero insistía en decirme algo, pero no lograba escucharle. Eduardo se tronchaba y me señalaba con el dedo. Me puse roja como un tomate. ¿Por qué me hacía eso? ¿Tenía algo en la cara? ¿Se me veía la ropa interior? Cogí la servilleta, me limpié los labios. ¿Habían contado un chiste y yo era la única que no se había enterado? Me agaché como para coger algo del suelo. Me hubiera quedado debajo de la mesa y no habría salido hasta que se fueran todos. Desde ahí abajo, los veía dar patadas contra suelo y llevarse las manos al estómago. Realmente se estaban partiendo de la risa, todos, excepto yo. Seguir debajo de la mesa era ridículo y su risa sonaba aún más estridente. Volví a mi posición y me obligué a reír, a seguirles la corriente como había hecho durante toda la comida, aunque no me enterara de qué hablaban: “¡qué guay!”, “eso es genial”. Eduardo me besaba cada vez que mi risa sonaba más que el resto, o que alguna de mis frases sobresalía. Había cuidado cada detalle para no desentonar.  Quería causarles súper buena impresión. Incluso me había maquillado. No quería parecer una niñata de provincias que todavía estaba en el colegio. ¡Y ahora se reían de mí! Empecé a llorar por dentro. Me atragantaba con las lágrimas que no quería dejar salir.

—Que de qué sabor quieres el helado: de limón, de vainilla o de chocolate —me dijo Mónica mientras la empujaba de su asiento para que me dejara salir y escaparme corriendo al baño.

Miré al camarero que seguía esperando mi respuesta.

—Mousse de limón —respondí.

La carcajada aún fue todavía más sonora que la anterior, sobre todo, porque yo fui la primera en reír.

 

Por Gloria Llatser

6 Comentarios
  • Ramón Valderrama M

    12 junio 2017 a 2 h 29 min Responder

    Muy bien escrito. Ameno. Divertido. Gracias.

  • Esther Garcia Cervera

    25 junio 2017 a 11 h 36 min Responder

    Es que si los helados no son variados …. Mejor otro postre. Está claro que eres única en engrandecer anécdotas. Muy bueno!

    • admin8586

      26 junio 2017 a 8 h 54 min Responder

      Jajajaja !!! Gracias.

  • Ricardo Torrero Téllez

    1 julio 2017 a 13 h 29 min Responder

    Divertido y sano relato, no hay nada como reírse de uno mismo. Gracias.

  • Valentín Rodríguez

    5 agosto 2017 a 14 h 10 min Responder

    Fantástico, muy divertido. Pero no tenías de que abochornarte. Solo fue un malentendido y un camarero muy cortito. Bueno también unos amigos un poco crueles. Un claro ejemplo de como nos dejamos guiar muchas veces por la corriente imperante. Fíjate que yo siempre creí que eras una mujer fuerte y segura de ti misma. Y sin embargo, te fuíste de allí sin probar helados variados, que era lo que a ti te apetecía.
    Eres la mejor. No cambies nunca.

    • admin8586

      7 agosto 2017 a 13 h 01 min Responder

      Jajajaja. Me alegro de que te hay gustado. Gracias.

Publicar un comentario

dos × dos =

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.