Pudriéndome - De Musas Y Críticos
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Mi marido me engaña

Pudriéndome

Tras veintitrés años de matrimonio por fin Alberto me hacía un regalo. Me refiero a un regalo para mí, algo que no fuera para la casa o para la niña y que realmente me gustara. He de reconocer que me enterneció. No pude evitar que asomara una lagrimilla incómoda. La emoción de la sorpresa, supongo.

Estaba en la cocina preparando el desayuno. Todavía llevaba puesto el pijama, uno de tela polar calentito que siempre llevo en invierno. Me gusta ese tacto velloso para estar por casa, es cómodo, muy flexible y no me aprieta cuando me agacho. Un año Alberto me regaló un pijama de satén. Él lo hizo con toda la ilusión, lo sé, pero es que a mí esas telas resbaladizas no me gustan en absoluto. De entrada son frías, las sacas del armario y están heladas. Alberto decía que era para el entretiempo o para el verano, pero yo no siento que se adapten a mi cuerpo y no voy cómoda. Luego lava y plancha, un trabajazo. Lo dejé en el cajón y allí sigue. En esta ocasión la cosa tenía mejor pinta. Al cruzar la puerta me dio los buenos días. Parecía de muy buen humor. En vez de sentarse a la mesa para tomar su desayuno, se acercó por detrás, noté su barriga en mi espalda cuando se inclinó para darme un beso en la mejilla. Me cogió por los hombros, me hizo sentar en una silla de la cocina y puso en mis manos el pequeño paquete cuadrado.

–Ábrelo –me dijo.

Casi al unísono, la tostadora pitó y las tostadas saltaron. Dejé el paquetito un momento sobre la mesa y me levanté para darles la vuelta. La cafetera había calentado también, cogí dos tazas y aproveché para hacer el café. Lo cierto es que me sentía abochornada, yo no le había comprado nada. No es que se me hubiera olvidado nuestro aniversario de bodas… para nada, es una fecha que nunca olvido. Pero es que Alberto tiene de todo y cuando necesita lo que sea se lo compro, tanto si hay algo que celebrar como si no. Así que ya hace años que no le hago ningún regalo, solo en Navidades cuando nos juntamos toda la familia, por aquello de que no sea el único que no tiene regalo. Aprovecho y le pongo algo de ropa interior o calcetines bajo el árbol, o si necesita un jersey o una camisa.

–Venga, ábrelo –insistió Alberto.

Cogí el paquete y le di vueltas entre mis dedos. Era demasiado pequeño para ser un electrodoméstico, un mantel tampoco podía ser por mucho que lo hubieran doblado, y los regalos infantiles desaparecieron cuando Silvia entró en la adolescencia, y ahora que estaba estudiando fuera, no creo que fuera nada relacionado con ella… a saber… Aquello era una cajita muy pequeña, igual Silvia le había hablado a su padre de algún invento. Un año me regalaron un bolígrafo que tenía una luz en el extremo superior que se encendía cuando te llamaban por el móvil. Muy curioso. Durante un tiempo lo utilicé al pasar el aspirador. Lo colgaba de la solapa de la bata y si se encendía la luz, apagaba el aspirador e iba corriendo a por el móvil. O era Adela o era Encarna, unas mamás con las que hice amistad cuando Silvia empezó en el colegio. Coincidíamos al dejar a las niñas en clase y siempre teníamos algo que comentar, así que cansadas de pegarnos charlas de hora y media de pie en la puerta del colegio, decidimos instaurar tomarnos un cafetito antes de volver a por las tareas del hogar. Tras los años, el cafetito lo seguíamos tomando, aunque ya no fuéramos al colegio.

Ese paquete cuadrado me intrigaba. No podía ni imaginar qué contendría. Arranqué el papel y vi la foto de una chica desnuda, tumbada con los ojos cerrados, sobre un lecho de pétalos de flores, rodeada de velas. Me alarmé –sinceramente esa fue mi primera reacción– me subieron los colores, incluso. Por suerte no me salieron las palabras, porque enseguida leí: “Momentos bienestar. Envolvimiento en algas marinas, tratamiento renovador depurativo y desintoxicante. Hidromasaje de algas marinas y aceites esenciales. Renovación y bienestar para tu cuerpo”. Me quedé petrificada, bueno no del todo, la lagrimilla asomó justo en ese momento. Sujeté el paquete contra mi pecho. Me levanté, lo besé en la frente y fui a por las tostadas. ¡Qué sofoco! Abrí la puerta del fregadero para que corriera el aire. Justo la lavadora empezó a centrifugar y el ruido distendió el ambiente.

–Puedes pedir cita para el día que te vaya mejor. Elisa, mi secretaria nueva, ¿te acuerdas?, lo ha probado y habla maravillas –dijo–. Voy a terminar de arreglarme. Esta mañana tengo reunión con el equipo de comerciales, me toca apretarles las tuercas. Este trimestre estamos lejos del objetivo. Estos muchachos parece que cada vez tienen menos sangre para vender. Pero los voy a espabilar bien esta mañana.

Abrí el frigorífico. El aire fresco me golpeó en la cara. Me quedé pasmada con la puerta abierta. “Elisa”, pensé. “Nunca ha llamado a una secretaria por su nombre”. Estaba medio vacío. Desde que Silvia no estaba en casa me había relajado un poco, el supermercado me aburría. Cogí un sobre de jamón con remordimientos. Hacía varios años que ya no compraba uno entero, con lo que a Alberto le gusta el jamón recién cortado. Tomé unos huevos. No era fin de semana, pero la ocasión lo merecía, después del detalle, lo mínimo que podía hacer era prepararle un buen desayuno. Pelé y troceé algo de fruta. Ahora a Alberto le ha dado por “cuidarse”, pero no sé a qué se refiere exactamente con eso. La mayoría de los días se queja de la comida que preparo, que si es demasiado calórica, que haga cosas más ligeras. Pero si le preparo lo mismo que como yo en mis dietas, me dice que si lo quiero matar de hambre. En fin, ya se le pasará, porque sino va a volverme loca. Será la crisis de los cincuenta. Adela dice que cuando su marido cumplió la cincuentena cambió los hábitos por completo, incluso se apuntó al gimnasio. El caso de Alberto es distinto, él de joven ya jugaba al tenis, y ahora lo ha retomado con el pádel. A mí me parece bien que haga algo de deporte. Aunque le salen partidos a cualquier hora, incluso en fin de semana. Dice que ahora los negocios se hacen jugando al pádel. Yo he dejado de discutir por eso, casi prefiero que se vaya, sobretodo el fin de semana, así no tengo que estar viendo deportes en la tele a todas horas, que los programas que yo suelo ver son “telebasura”, dice.

–Cariño, me acaba de llamar Elisa. Parece que ha habido un problema con el pedido de Grupo Velvet. Tengo que ir a la oficina, desayunaré allí.

–Pero si ya lo tienes todo preparado, es solo un momento…

–Ya sabes que Grupo Velvet es nuestro mejor cliente. Quiero ir a ver qué ha pasado personalmente. Luego te llamo. Nos vemos para cenar.

–¿Tampoco vienes a comer?

–¡Pero si ya te dije que hoy comía con Tomás Buendía!

–No sé, no recuerdo que me lo dijeras…

–Es que nunca me escuchas. ¡No sé ni para qué hablo! Luego dices no sé qué de la comunicación… Bueno me voy.

Los huevos revueltos son imposibles de quemar, pero los tiré a la basura igualmente. Vertí las dos tazas de café en una más grande y me la tomé casi de un trago. Le podía haber añadido algo de coñac, pensé. Esa Elisa tiene que ser una incompetente, a ninguna de sus anteriores secretarias se le hubiera ocurrido llamarlo antes de que llegara a la oficina con un problema. Tiré también las tostadas, si no se comen recién hechas no valen para nada, y yo ya no tenía hambre. Volví a colocarlo todo en la nevera y sólo me comí la fruta. No hay nada que me ponga de peor humor que tirar comida a la basura.

La cajita de la mujer sobre el lecho de pétalos parecía mirarme. Saqué el plástico. La llevé al salón. Me acomodé en el sofá, cogí el teléfono y marqué el número impreso en la contraportada. Una voz dulce y empalagosa me atendió. Tenían hueco para ese mismo día. ¡Justo lo que necesitaba! Una forma estupenda de pasar mi aniversario de bodas, aunque fuera sola.

Volví a mirar la foto de la muchacha. Era muy joven, y además seguro que estaba retocada. Ese cuerpo es imposible que nadie lo tenga, por muchos tratamientos antioxidantes y rejuvenecedores que te hagas. ¿Elisa sería joven o estaría retocada?

 

Toqué el timbre. Al cabo de unos minutos una jovencita de mediana estatura con una coleta y una bata blanca me abrió. Con una reverencia y gran cortesía me invitó a pasar. Al cerrar, unas cañas de bambú, que colgaban sobre la puerta, tintinearon dándome la bienvenida. El aire era fresco, la luz parecía colarse a través del techo dando la sensación de que estábamos al aire libre, olía a naturaleza, se escuchaba el rumor del agua y unos trinos cantar y, sin embargo, estábamos en el bajo de un edificio de ocho plantas. Nunca había logrado que mi casa oliera así de bien y que el aire fuera tan fresco por más que me hubiera pasado un día entero limpiando. ¿Cómo lo hacían?

Aquel lugar poco tenía que ver con la cabina de la peluquería donde solía hacerme las uñas y una limpieza de cutis al año. Me miré en un espejo que estaba junto a la recepción, mientras la jovencita buscaba mi nombre en la agenda, y me arrepentí de no haberme cuidado más. Aquel lugar me hacía sentir más vieja, más arrugada y más celulítica. Era cuestión de prioridades, me consolé, y yo sabía cuales habían sido las mías. Como si las cañas de bambú sonaran de nuevo sobre mi cabeza, una duda se coló en mis pensamientos silenciosos: ¿por qué Alberto me hacía aquel regalo?

–La atenderá Martina. Siéntese un momento, enseguida viene a por usted.

Me indicó unos sofás y la obedecí.

–¿Sra. Villalobos?

Otra chica casi idéntica a la anterior apareció por un pasillo y con la cabeza me indicó que la siguiera. En aquel lugar parecía que se pronunciaban las palabras justas.

Entramos en una sala al final de un largo pasillo con el silencio de quien visita a un enfermo, y con las mínimas palabras me dio las instrucciones de lo que debía hacer. Me preparó, me embadurnó con las famosas algas depurativas, me envolvió entre plásticos, conectó una manta eléctrica y me dejó sobre la camilla con la instrucción:

–Cuando termine vendré a por usted. –Y posó su mano sobre mi hombro con suavidad, pero con contundencia, como si me estuviera transmitiendo un mensaje en morse.

Me quedé sola en aquel habitáculo. No estaba del todo cómoda, pero pensé que era la falta de costumbre. Procuré relajarme y disfrutar de mi regalo de aniversario de bodas. Sin embargo, la sensación no mejoró. Empecé a sentirme ahogada, como si estuviera a punto de asfixiarme. Movía la cabeza de un lado a otro en un desesperado intento de huir de una peste nauseabunda que incrementaba en intensidad a medida que empezaba a sudar. El plástico que me envolvía se pegaba a la mugre negra con que la chica había recubierto mi cuerpo, se mezclaba con el sudor de mi piel y ablandaba el lodo convirtiéndolo en una sustancia pringosa y viscosa.

Uno: coge aire… Dos: suelta el aire… Intenté relajarme y poner toda mi atención en la música zen. ¡Imposible!, aquello cada vez era más asqueroso. Quise pensar en cosas agradables. No sé por qué me vino a la mente mi vestido de novia. Blanco de raso, con cuello barco y una falda larga evasé de mayor longitud en la parte trasera. No había vuelto a tener un vestido tan elegante como aquél jamás.

Mis sobacos derramaban ríos de sudor, como si fueran gusanos paseando por mi piel. La temperatura parecía incrementar sin límite. Tal vez, algo se había estropeado y no funcionaba bien. Miré hacia los lados, lo único que podía mover era la cabeza y los ojos, como si estuviera paralítica pero con plenas facultades mentales. Escruté la habitación en busca del enchufe, como si con la mente pudiera alcanzarlo y desconectarlo. No sabía durante cuanto tiempo más podría aguantar aquel acaloramiento que alteraba todos mis circuitos fisiológicos. Mi abdomen era un charco y en la entrepierna noté un líquido cálido… ¡Qué horror! ¿En serio? ¡No, eso no era posible!

Tumbada sobre la estrecha camilla, de mi cuerpo emanaba un olor repugnante que salía por debajo de los plásticos y subía directo a la nariz. Estiraba la cabeza, como pollo al que agarran por las patas, intentando separarla del resto del cuerpo enroscado e inmovilizado por una pesada manta eléctrica que me tenía aprisionada desde los pies hasta el cuello. Era como si estuviera atascada en una tubería que desembocaba en una pestilente cloaca donde se mezclaba el hedor a excrementos, detritos y heces de todo tipo de animales y seres vivos. Aquellos apestosos efluvios ascendían y se colaban por mis fosas nasales, se metían dentro de mí. Estaba hasta arriba de mierda, por fuera y por dentro. No pude contener una náusea. Desde el estómago, subiendo por la faringe hasta mi garganta todo ardía y apestaba.

Grité: ¡Socorro! Aquello no podía ser bueno para mí. Mi voz apenas pudo salir de la estrecha cabina en que me encontraba, al final de un pasillo lleno de puertas, todas cerradas. Escuché mi propio eco, eso fue todo.

Cada vez resbalaba más en aquella inmundicia viscosa, dándome una falsa sensación de movimiento, de libertad y, sin embargo, no podía ni sacar un brazo ni liberarme de la pestilente bazofia que me envolvía por completo. Imaginé aquel pringue penetrando en mi cuerpo y pudriéndome por dentro. Tuve que cerrar la boca para contener un acceso de vómito. Ahora ni siquiera podía gritar para que me quitaran aquella porquería de encima.

¡Estaba atrapada! Inmovilizada de pies y manos, oliendo a mierda todo el tiempo, sin poder abrir la boca… pudriéndome lentamente.

Con los labios apretados, los brazos pegados al cuerpo, amordazada desde los pies hasta el cuello, agité mi cuerpo para ver si conseguía liberarme de tal basura. El movimiento era tedioso y torpe, desacertado. Sentí de nuevo la calidez que lo derrite todo, lo mezcla y lo confunde. ¿Cuánto tiempo llevaba así? Mucho…, demasiado. Sentí hastío, repulsión. ¿Por qué me había dejado engañar? Las bondades que prometía el prospecto no se habían cumplido, más bien al contrario. ¿Pero cómo podía saberlo, si todo parecía agradable y delicado al principio?

Tratamiento renovador depurativo y desintoxicante, esa era mi recompensa… tras veintitrés años de matrimonio.

 

Por Gloria Llatser

4 Comentarios
  • Ricardo Torrero Téllez

    1 julio 2017 a 13 h 47 min Responder

    Genial, muy bueno, como la vida misma, Gracias.

    Ricardo

    • admin8586

      2 julio 2017 a 10 h 10 min Responder

      Gracias a ti por leer y comentar. Un fuerte abrazo.

  • Esther Garcia Cervera

    6 octubre 2017 a 22 h 33 min Responder

    Por si tenía tentaciones de darme una masaje de algas… Creo que ya no va a ser.
    Molt bó.

    • admin8586

      12 octubre 2017 a 12 h 49 min Responder

      Jajaja… no mejor un spa !!! Celebro que t’agradi.

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